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The Morning After

A Letter to the Diocese from Bishop Dietsche

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November 10, 2016

My Brothers and Sisters,

For many Americans, of both political parties, the results of the presidential election on Tuesday were a surprise.  It was not what was expected, or at least not what we were led to expect.  We discover now the depth and the breadth of the rift that divides and separates Americans one from another in ways that have not been revealed by other elections.  These differences, this divide, cannot and must not be simply smoothed over in false hope of an easy reconciliation.  Rather, the much harder task now lies before the American people in our country, but also in our diocese, to really listen to one another, to hear one another’s pain and fear, to understand one another, and by God’s grace to find together the deeper hopes and dreams which all human beings share, which might bind us more closely to one another, but which have in fact driven us so far apart.  This task may be our most urgent work now as a church.  

Despair or gloating are unfaithful responses to this election for Christians.  So is the hatred of those who differ from us.  But on the day after the election it must not be forgotten that a substantial amount of Mr. Trump’s rhetoric during the campaign was racist and misogynist, brutal and violent, anti-Muslim, anti-immigrant and sexually offensive.  Too much of his public comment directly contravened the central principles of the Christian ethic and the accepted, shared values and virtues of the Episcopal Church.  That rhetoric has occasioned extraordinary alarm.  We pray that the heated language of the campaign will not follow him into his presidency or inform his governance, but we also insist: it may not.  

Last Saturday, at our diocesan convention, I suggested some basic principles of the Christian faith, derived from the commandment to love God and love our neighbor, which are not debatable for Christians, and which can and must guide the speech and actions of people of faith in public life.  They are not partisan; they favor no particular candidate or political party.  They are of the very fabric of the Christian faith, and I repeat them here:

The equality and dignity of all persons of every race and gender and sexual orientation, for we are every one of us made in the image of God and redeemed by the One who took our flesh upon himself and dwelt among us.  Who said, “I came that all may be one, as the Father and I are one.”

 
The welcome of the stranger at the gate, remembering that once you were strangers in Egypt.  And more recently, immigrants on the American shore.  Christians claim solidarity with the oppressed, the vulnerable, the refugee and the outcast who stand at the gate and knock.  

 
Compassion and relief for the poor, and economic justice for those who are shut out of the human possibility of the abundant life, all in the name of the One who said, “When you give a banquet, invite the poor, the crippled, the lame, the blind, and you will be blessed. Because they cannot repay you.”
 
 
A commitment to non-violence, and to peace, and to the sacrifice of self-interest for the sake of that peace.  Render to no one evil for evil.  Do not be overcome by evil, but overcome evil with good.

 
And the gracious stewardship of creation and all that God has given into our hands. 

Our call as Christians is always to hold ourselves to the standard of these principles, and as Christian citizens to hold our elected officials to the same standard.  Mr. Trump will now be our president, and we pray that God grace him with the wisdom and courage to rise to the high calling of his office, as we will also pray that he be imbued with compassion for and understanding of every single person in America, for whom he has now being given the responsibility of leadership and care.  Our president, our elected officials, one another, and we ourselves will be held accountable for this.  On this too much depends.

The Rt. Rev. Andrew M.L. Dietsche  

The Right Reverend Andrew M.L. Dietsche
Bishop of New York

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The Right Reverend Allen K. Shin
Bishop Suffragan

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The Right Reverend Mary D. Glasspool
Bishop Assistant

La Mañana Siguiente

 

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Para muchos estadounidenses, de ambos partidos políticos, los resultados de las elecciones presidenciales del martes fueron una sorpresa. No fue lo que se esperaba, o al menos no lo que nos hicieron esperar. Descubrimos ahora la profundidad y la amplitud de la grieta que divide y separa a los estadounidenses, unos de otros, de formas que no han sido reveladas por otras elecciones. Estas diferencias, esta división, no pueden y no deben ser simplemente suavizadas con la falsa esperanza de una reconciliación fácil. Más bien, ahora ante el pueblo estadounidense se encuentra la tarea mucho más difícil de nuestro país, pero también en nuestra diócesis, la de escucharnos realmente el uno al otro, oír el dolor y el temor, entenderse mutuamente y con la gracia de Dios juntos encontrar la esperanza y los sueños más profundos que todos los seres humanos comparten, que podrían unirse más estrechamente los unos a los otros, pero que de hecho nos han distanciado tanto. Esta tarea puede ser nuestro trabajo más urgente como iglesia ahora.

La desesperación o el regocijo son respuestas infieles a esta elección para los cristiano, así como lo es el odio de los que difieren de nosotros. Pero al día siguiente de las elecciones no debe olvidarse que una cantidad sustancial de la retórica del Sr. Trump durante la campaña fue racista y misógina, brutal y violenta, anti-musulmana, antiinmigrante y sexualmente ofensiva.

Demasiados de sus comentarios públicos vulneraron directamente los principios centrales de la ética cristiana y los valores y las virtudes aceptadas y compartidas por la Iglesia Episcopal. Esa retórica ha producido una extraordinaria alarma. Oramos para que el lenguaje acalorado de la campaña no siga en su presidencia o infunda a su gobierno, pero también insistimos: no puede continuar.

El sábado pasado, en nuestra convención diocesana, sugerí algunos principios básicos de la fe cristiana, derivados del mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo, que no son discutibles para los cristianos y que pueden y deben guiar el discurso y las acciones de las personas de fe en la vida pública. No son partidistas, no favorecen a ningún candidato o partido político en particular. Son del tejido mismo de la fe cristiana, y lo repito aquí:

La igualdad y la dignidad de todas las personas, de toda raza y género y orientación sexual, porque todos somos hechos a imagen de Dios y redimidos por Aquel que tomó nuestra carne sobre sí mismo y habitó entre nosotros. El que dijo: “Vine para que todos sean uno, así como el Padre y Yo somos uno”.

La bienvenida al extranjero en la puerta, recordando que una vez fueron extranjeros en Egipto. Y más recientemente, los inmigrantes en la costa estadounidense. Los cristianos reclaman la solidaridad con los oprimidos, los vulnerables, los refugiados y los marginados que están tocando en la puerta. Compasión y alivio para los pobres, y justicia económica para los excluidos de la posibilidad humana de una vida abundante, todo en el nombre de Aquel que dijo, “Cuando den un banquete, inviten a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serán bendecidos. Porque ellos no pueden compensarte”.

Un compromiso con la no violencia, con la paz y con sacrificar el interés propio por el bien de esa paz. No le devuelvas a nadie, mal por el mal. No seas vencido por el mal, sino vence al mal con el bien.

Y la gracia de la mayordomía de la creación y todo lo que Dios nos ha entregado en nuestras manos.

 

Nuestro llamado como cristianos es sostener estos principios siempre, y como ciudadanos cristianos exigir el mismo criterio a nuestros funcionarios electos.

El señor Trump será ahora nuestro presidente, y oramos para que Dios le dé la gracia de la sabiduría y el valor de elevarse al alto llamado de su cargo, también oraremos para que él esté imbuido de compasión y comprensión para cada persona en América, quienes ahora están bajo la responsabilidad de su liderazgo y de su cuidado. Nuestro presidente, nuestros funcionarios electos, los unos y los otros, y nosotros mismos seremos responsables por esto. Demasiado depende de esto.

The Rt. Rev. Andrew M.L. Dietsche 

El Reverendísimo Obispo Andrew M.L. Dietsche
Obispo de Nueva York

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El Reverendísimo Obispo Allen K. Shin
Obispo Sufragáneo

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La Reverendísima Obispa Mary D. Glasspool
Obispa Auxiliar

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